T𝐎𝐂𝐀𝐑 𝐄𝐋 𝐌𝐀𝐍𝐓𝐎 𝐃𝐄 𝐉𝐄𝐒Ú𝐒: 𝐔𝐍 𝐄𝐍𝐂𝐔𝐄𝐍𝐓𝐑𝐎 𝐓𝐑𝐀𝐍𝐒𝐅𝐎𝐑𝐌𝐀𝐃𝐎𝐑
Por Alisuka Lazo
Todos somos amados por Jesús. Muchas veces tardamos en darnos cuenta de ello y vamos desperdiciando nuestra vida en cosas efímeras y soluciones falsas.
Beatriz es un testimonio vivo de cuanto puede hacer Jesús en nuestras vidas cuando lo elegimos como nuestro único Señor. Desde la niñez, sufrió el desamor de su padre y solo contaba con el cuidado y la crianza de su madre. Vivían con unos parientes en una casa de solo un cuarto, donde la familia total era de ocho personas. Ella era la más pequeña y, de manera reiterada, recibía abusos y maltratos de sus parientes. Tenía el apoyo de un tío para hacer la tarea, ya que su madre no tenía el nivel educativo y cultural para ayudarla. Sin embargo, el tío llegaba a casa todos los días a las 2 de la mañana, y a esa hora, Beatriz despertaba para poder cumplir con los deberes escolares.
A los 15 años, decidió casarse. Tomó esa decisión para salir de las condiciones en que vivía, pero nada mejoró; al contrario, se fue metiendo poco a poco en un mundo perdido. Llegó el día en que se vio entre rejas, y ahí comenzó el desierto de Beatriz, ese que nos guía al Señor para salvarnos de este mundo y de todo lo que nos separa de su camino. En cautiverio, conoció la Palabra de Dios y buscaba lecturas que le permitieran conocer más sobre la fe. Cuando llegó el momento de salir en libertad, dijo para sí: “Voy en busca de tocar el manto de Jesús”, eligiendo, ante el dolor, la sanación y transformación de su vida.
A menudo, debemos tomar la iniciativa en esta búsqueda, como lo hizo aquella mujer del Evangelio que padecía flujo de sangre desde hacía más de 12 años (Marcos 5, 25-34). En este pasaje se narra cómo ella había gastado todos sus bienes intentando restaurar su salud sin obtener una respuesta positiva. Fue su fe inquebrantable lo que la llevó hasta Jesús. Se dio cuenta de que solo Él podía sanarla, a pesar de ser catalogada como impura, y por eso no dudó en acercarse y tocar el manto del Maestro. Sabía que ya lo había intentado todo y que su única salvación era Jesús. Esta mujer llevaba consigo la esperanza de que el Señor la iba a sacar de su angustia y aflicción, después de haber sido rechazada durante tanto tiempo.
Abriéndose paso entre la multitud, mostró fortaleza y convicción, y su alma fue sanada. Este acercamiento y toque a la ropa de Jesús condujeron no solo a un milagro, sino a la gloria, la compasión y el amor manifestados.
Todos estamos llamados a imitar a esta mujer, por la necesidad de Jesús, por estar cerca de Él y tocarlo para que en nuestras vidas también se pueda manifestar un milagro de salvación. Podrán existir muchos obstáculos y momentos de sufrimiento, pero tocar el manto de Jesús nos llevará a experimentar un encuentro transformador con lo divino. Beatriz nos recuerda que, a través de la fe y la acción, podemos encontrar sanación y esperanza en nuestras vidas.
Así como a la mujer que padecía de hemorragias, también Jesús curó a Beatriz, mostrándole la compasión y gracia que siempre ofrece a quien lo busca. Hoy, Beatriz sirve al Reino de Dios; su relación con Él es el fundamento de su vida. Ella confía en su plan y busca su guía en cada decisión. Se involucra en obras de caridad y apoya a quienes más lo necesitan. Su testimonio de vida le permite aconsejar y guiar a otros en su camino espiritual.
No dudemos: Jesús nos puede devolver a una nueva vida llena de paz. Al llegar a Él en los momentos más difíciles, dolorosos, de angustia y soledad, no es que nos vaya a sanar físicamente si esa es la necesidad, sino que, desde la intimidad con Él, nos lleva a aceptar la misma con amor. Solo necesitamos accionar, tomar la iniciativa de tocar el manto de Jesús.


