Con la palabra felicidad ocurre lo mismo que con amor. La empleamos constantemente y hablamos de ella en diversas ocasiones, pero nos resulta difícil determinar su significado. Para algunos, la felicidad consiste en la posesión de bienes materiales, en lo que tenemos aquí y ahora. En esto hay cierta verdad, ya que a todos nos gusta vivir el presente, disfrutando de la seguridad y el confort que nos proporcionan los bienes materiales. Otros piensan que la felicidad radica en la amistad, en tener buenas relaciones, en amar y ser amado, así como en el placer que nos brinda el reconocimiento por parte de los demás. También hay algo de verdad en esto, pues a todos nos gusta ser valorados por lo que hacemos y por lo que somos. Para algunos, más inclinados al estoicismo, la felicidad se encuentra en poseer aquellos bienes que dependen únicamente de nosotros, es decir, en cultivar ciertos talentos y virtudes. Finalmente, una buena parte de las personas cree que la felicidad consiste en un buen vivir, en una especie de equilibrio entre todas estas cosas, que incluye la salud, la riqueza, el placer, la amistad y las virtudes.
Sin embargo, la experiencia cristiana nos ofrece otra perspectiva sobre la felicidad. En el pasaje Jr 17, 5-8, el profeta nos dice que el hombre feliz es aquel que pone su confianza en el Señor. Para ello, utiliza una comparación en oposición al describir a una persona que solo se guía por los criterios humanos y se cierra a los criterios de Dios. Para esta persona, los mismos bienes dejan de ser fértiles y la rodea una especie de aridez. Así, el profeta Jeremías nos sugiere que cuando nuestros bienes materiales o espirituales no nos abren a Dios, cuando se cierran en sí mismos y solo los buscamos por lo que son, entonces esos mismos bienes contribuyen a nuestra propia infelicidad. De esta manera, la persona feliz es aquella que orienta todo lo que posee hacia Dios. Justamente así, le resulta útil todo lo que es y todo lo que tiene (bienes materiales, talentos, capacidades).
Por otra parte, san Pablo nos invita a situar nuestra existencia en la perspectiva de la resurrección. En 1 Co 15, 16-20, nos exhorta a que, en el aquí y ahora de nuestra vida, no debemos olvidar nuestro verdadero fin, que no es otro que la resurrección. Si creemos que la resurrección no cuenta, que no hay una vida más allá de nuestra muerte, entonces lo único que tendría valor sería lo que somos y lo que poseemos en este momento. Pero si solo cuenta lo que hemos hecho y lo que hemos podido poseer, ¿qué sucede cuando toda riqueza se acaba? ¿Qué pasa cuando nuestras fuerzas físicas o morales ya no aguantan y caemos? ¿Qué ocurre cuando nuestros talentos y encantos desaparecen? Si únicamente eso es lo que importa, entonces, como dice san Pablo: “seríamos los más infelices de los hombres”. En otras palabras, la felicidad del cristiano en esta vida no es otra cosa que la esperanza en la resurrección. La resurrección es nuestro verdadero gozo, un gozo que aún no poseemos completamente aquí y ahora, pero cuya perspectiva nos hace felices gracias al don de la esperanza.
En el discurso de las bienaventuranzas (Lc 6, 20-26), Jesús es mucho más radical, pues al dirigirse a la multitud, les habla de una felicidad que no depende en absoluto de nuestra condición ni de lo que poseemos. Aún en la pobreza, en la precariedad o en la tristeza, podemos ser felices, siempre y cuando estas limitaciones nos abran a Dios. Además, podemos afirmar que todas estas precariedades a veces nos llevan a contemplar nuestra verdadera riqueza, que no es otra que nuestra absoluta dependencia de Dios. Es cierto que ni el sufrimiento, ni el hambre, ni el padecimiento de injusticias son bienes en sí mismos, pero tampoco constituyen un obstáculo para encontrar nuestro verdadero bien. A menudo, en estas situaciones límites es cuando descubrimos el verdadero sentido de nuestra existencia, cuando nos damos cuenta de que nuestra vida se encamina hacia un fin que trasciende la muerte. La felicidad de la que nos habla Jesús en estas bienaventuranzas no se define a partir de un presente, sino a partir de un futuro que nos es prometido.
Con estos elementos que nos ayudan a comprender mejor la perspectiva cristiana de la felicidad, pidamos a Dios la gracia de no cerrarnos en el presente de nuestras riquezas, de no creernos que solo valemos por lo que somos en este momento. Pidamos también la gracia de abrirnos a Dios, quien siempre nos precede y nos guía a caminar hacia Él.


