𝐄𝐋 𝐀𝐌𝐎𝐑 𝐄𝐍 𝐀𝐂𝐂𝐈Ó𝐍 (𝐉𝐧 𝟭𝟯, 𝟯𝟭-𝟯𝟱)
Por Antonio Masferrer, SJ
Ora con la Palabra: V Domingo de Pascua (Ciclo C)
El Evangelio de hoy nos sumerge en un momento de profunda intimidad entre Jesús y sus discípulos, donde, con la sombra de la cruz aproximándose, les entrega su último mandamiento: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. Un mandamiento que, aunque resonaba en los corazones de los judíos, familiarizados con la ley del amor al prójimo, adquiere una nueva dimensión en labios de Jesús. Él no solo lo proclama, sino que lo vive y lo convierte en el modelo a seguir por sus discípulos, en el testamento de su paso por la tierra. Al meditar en estas palabras, nos invita a reflexionar: ¿cómo amó Jesús? Sanó a los enfermos, acogió a los marginados, perdonó a los pecadores, compartió con los publicanos, desafió las normas sociales para acercarse a los excluidos, y en un acto supremo de amor, entregó su vida en la cruz.
Ser discípulo, entonces, trasciende las simples acciones y se convierte en un estilo de vida que busca encarnar el amor de Cristo en cada detalle. Es un llamado a reflejar su misericordia, compasión y perdón en cada paso que damos, en cada encuentro, en cada palabra. Las palabras de Santa Teresa de Calcuta resuenan con fuerza en este contexto: “No podemos hacer grandes cosas, solo pequeñas cosas con gran amor”.
Pero este camino del discipulado, aunque iluminado por el amor, no está exento de dificultades. Dudas, miedos e inseguridades pueden surgir en nuestro interior, la tentación de la indiferencia, del egoísmo, de la comodidad, pueden desviarnos del camino. Es entonces cuando el libro del Apocalipsis nos reconforta con la certeza de que no estamos solos. Dios camina a nuestro lado, como un Padre amoroso que sostiene a sus hijos, transformando nuestro sufrimiento en esperanza y haciendo nuevas todas las cosas.
En este tiempo de renovación y esperanza, renovemos nuestro compromiso de amar como Jesús nos amó. Construyamos una comunidad donde el amor sea la brújula que guíe nuestros pasos, impulsándonos a tender la mano a quienes nos rodean, a compartir el pan con el hambriento, a vestir al desnudo, a visitar al enfermo y al preso, especialmente a aquellos que más lo necesitan. Con la confianza puesta en Dios, hagamos del amor la ley suprema que rija nuestras vidas, recordando que en cada acto de amor, por pequeño que sea, permanece vivo el legado de Jesús. Y así, como semillas de mostaza que crecen hasta convertirse en grandes árboles, nuestro amor dará fruto y transformará el mundo.


