𝐂𝐑𝐈𝐒𝐓𝐎 𝐄𝐍 𝐍𝐎𝐒𝐎𝐓𝐑𝐎𝐒: 𝐔𝐍 𝐕𝐈𝐀𝐉𝐄 𝐃𝐄 𝐓𝐑𝐀𝐍𝐒𝐅𝐎𝐑𝐌𝐀𝐂𝐈Ó𝐍
Por Yenia Matos Henríquez
En estos días resuena en mí una frase: “yo era de una forma y ahora soy completamente diferente. Lo que sucedió en medio fue Él”. Quien ha visto la serie The Chosen (El elegido) se dará cuenta de que es la frase que le dice María Magdalena a Nicodemo mientras le cuenta cómo su vida cambió al conocer a Jesús.
De la misma manera, en algún momento de mi vida, he mirado atrás y me he cuestionado: “¿quién era yo antes de conocer a Cristo?” La respuesta ha sido: “una completamente diferente”. Y esta misma respuesta la he podido constatar con muchos de mis hermanos, algunos con historias muy tristes. Y siempre llegamos a la misma conclusión: cuando abrimos nuestro corazón a Jesús, experimentamos una transformación que va más allá de lo superficial; es una renovación del alma.
Se trata de intentar dejar atrás nuestras viejas maneras de ser y permitir que el Espíritu Santo obre en nosotros. Si dejamos esa puerta abierta, su amor y gracia puede moldearnos, como el barro en manos de un alfarero. No es una transformación instantánea, sino un viaje continuo, que nunca tiene fin. Jesús nos llama a dejar atrás las cargas del pasado, las inseguridades y todo aquello que nos haga sombra, para abrazar una nueva vida llena de esperanza y propósito.
Nuestro contexto actual ha llevado a muchos hermanos a perder la esperanza. Sin embargo, en medio de la adversidad, la Iglesia intenta ser faro de esperanza, ofreciendo no solo asistencia material, sino también espiritual. Muchos cubanos encuentran consuelo en la oración y la comunidad, recordando que, a pesar de las dificultades, Cristo puede seguir actuando en nuestras vidas.
Y tal es el ejemplo de Ana, una de las muchachas de nuestra comunidad, quien llegó a las puertas de nuestra iglesia muy triste y desconsolada. Ella solía llenar el vacío en su corazón con relaciones superficiales y actividades que solo le brindaban una satisfacción efímera. Nosotros, que nos dimos cuenta de esto, la invitamos a un retiro de esos que se organizan cada año. Al regresar, ella nos contó que había escuchado la voz de Cristo, llamándola a una vida diferente. Fuimos testigos de su cambio, Ana comenzó a experimentar una paz que nunca había conocido. Su vida se transformó: sus relaciones mejoraron, encontró un propósito en el servicio a los demás y, sobre todo, descubrió el amor incondicional de Dios.
Hoy, Ana utiliza su testimonio como un recordatorio de que la transformación es posible para todos. No importa cuán lejos hemos estado de Dios, su amor es capaz de alcanzarnos y cambiarnos. Al permitir que Cristo actúe en nosotros, podemos ser testigos de su gloria y gracia.
Ana dice que la transformación es un llamado a cada uno de nosotros. No se trata de perfección, sino de apertura. Entonces, nada mejor que abrir nuestros corazones y dejar que el Espíritu Santo haga su obra en nosotros. En medio de las dificultades que enfrenta Cuba a diario, al final descubriremos que, no éramos nosotros quienes actuábamos, sino Cristo actuando en nosotros.


