𝐅𝐑𝐀𝐓𝐄𝐑𝐍𝐈𝐃𝐀𝐃 𝐘 𝐂𝐎𝐌𝐔𝐍𝐈Ó𝐍
Por Jorge Nuñez Hernández
“Para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que sean uno en nosotros”: Juan 17, 21
La fraternidad universal es un antiguo anhelo de la humanidad. Compartimos la misma naturaleza, si bien nos distinguen aspectos externos e internos como la apariencia física, la cultura, la religión y el idioma. La condición humana es una sola, y debería pesar más que la diversidad cultural. En la historia se han manifestado tensiones entre las fuerzas que tienden a unir, y las que han alimentado conflictos y oposiciones. El cristianismo es una fuente universal de acercamiento y cohesión social, una imagen del modelo de humanidad al que todos aspiramos.
Con el pensamiento ilustrado y otras corrientes filosóficas del siglo XIX, tomó fuerza el humanismo antropocéntrico. Siglos atrás, nuestra condición como criaturas de Dios, creados a su imagen y semejanza, era un dato, un presupuesto elemental. En la búsqueda de afirmación de lo humano en negación a la Trascendencia, se produce una profunda crisis de identidad, de consecuencias sociales, políticas y culturales. Lo que desintegra al hombre desintegra a la sociedad. Lo que afecte la identidad, tiene consecuencias en la intersubjetividad. ¿Si no es desde Dios, cómo comprendemos al hombre? La visión prometeica de rebelión contra las supuestas limitaciones que provoca la religión, y que debería originar a una humanidad más libre y unida bajo las banderas de la razón y el progreso, terminó siendo lo contrario.
Los datos que sobre el hombre ofrece la ciencia, asestaron sólidos golpes al humanismo antropocéntrico. La astronomía concluyó que la tierra no es el centro del universo. Charles Darwin ubicó al hombre como una criatura más en la evolución. Carlos Marx sumergió al hombre en los movimientos de la historia, como parte de una masa sin individualidad. Freud mostró el poder de los instintos y de un subconsciente que no controlamos. Nietzsche proclamó la muerte de Dios, y anunció al hombre que es fuente de sus valores. Al despojarse el ser humano de toda metafísica, esos datos resultaron devastadores. No son los avances de las ciencias lo que ha dañado al ser humano, sino la influencia de estos sobre un presupuesto que niega a Dios. Es al hombre que renuncia a Dios, y que no logra comprender su lugar en el universo, el origen de su dignidad y de los vínculos más profundos de su unidad con la humanidad, al que verdaderamente afecta todos los nuevos conocimientos.
¿Si no es nuestra condición ser criatura de Dios, cuál sería el principio unificador? Surgieron varios en la historia, que provocaron más división, muerte y sufrimiento. La raza, las ideologías, la conciencia de clase y los nacionalismos que se fueron gestando, provocaron dos grandes guerras mundiales, y otros conflictos de diversa intensidad. En nuestros días, el uso de las tecnologías de la comunicación, la inteligencia artificial y el desarrollo vertiginoso en todas las ciencias, no logran calmar las profundas necesidades espirituales del ser humano, ni pueden anular su búsqueda de identificación y comunión con las demás personas. El sentimiento de soledad y la atomización social no pueden ser superados ni sustituidos por la tecnología. La peor soledad es la del ser humano rodeado de otros con los que no logra establecer verdaderas conexiones espirituales y afectivas.
La fe cristiana es un principio integrador. Tiende, por su naturaleza, a integrar al ser humano, pues compromete todas nuestras dimensiones vitales y existenciales. Busca unir al hombre en sí mismo, y acercarlo al resto de la sociedad y la humanidad. El amor, el sacrificio, el compromiso con la realidad en la consecución de la justicia y de una sociedad más humana, en el servicio a Dios en las personas que sufren, en vivir en la clave de las Bienaventuranzas, y de los dos mandamientos más importantes, están los fundamentos de la verdadera fraternidad. No fuimos creados para la soledad, sino para la comunión. La comunidad de fe, los sacramentos, la vida en familia y en la sociedad prefiguran y preparan a la persona humana para el encuentro definitivo con Dios.


