𝐄𝐍 𝐄𝐋 𝐂𝐎𝐑𝐀𝐙Ó𝐍 𝐃𝐄𝐋 𝐌𝐈𝐒𝐓𝐄𝐑𝐈𝐎 (𝐉𝐧 16, 12-15)
Por Antonio Masferrer, SJ
Santísima Trinidad (Ciclo C)
Hemos concluido el tiempo pascual, tiempo de gozo y de asombro, en el que hemos contemplado el misterio de nuestra salvación, la victoria de la vidasobre la muerte, del amor sobre el odio.Y hoy, como una madre sabia, la Iglesia nos invita a dirigir nuestra mirada hacia la fuente misma de esa salvación, hacia el corazón palpitante de Dios: la Santísima Trinidad.
En el Evangelio de Juan (16, 12-15), Jesús, en la intimidad de la Última Cena, nos habla del Padre y del Espíritu Santo. Sus palabras, cargadas de una profunda comprensión de nuestra fragilidad, resuenan con fuerza en nuestros tiempos, marcados por la incertidumbre y la dificultad. “Todavía tengo muchas cosas que decirles”, les confía a sus discípulos, “pero ahora no pueden soportarlas”. Jesús conoce el peso de nuestras cargas, las dudas que nos asaltan, la sed de sentido que nos consume. Sabe que la verdad de Dios se nos revela poco a poco, como el alba que disipa las tinieblas de la noche. Y, por eso, nos promete al Espíritu de la Verdad, al Paráclito, a Aquel que nos guiará “a toda la verdad”. Es el Espíritu quien nos introduce en el misterio de la Trinidad.
“Todo lo que tiene el Padre es mío”, nos dice Jesús (Jn 16, 15). En estas palabras se revela la unidad perfecta, la entrega total, el amor desbordante que define la vida trinitaria. Y es en esa vida, en ese amor, donde encontramos nuestro refugio, nuestra fortaleza, nuestra esperanza. Seguir a Cristo es entrar en el misterio de Dios.
No es fácil el camino que nos toca recorrer. A nuestro alrededor, y a veces en nuestro interior, la precariedad material o espiritual, la angustia por el futuro, la sensación de un mundo indescifrable y que nos ahoga, se hacen presentes. Nos preguntamos por el mañana, por el sentido de tanto esfuerzo, por la fe que recibirán las futuras generaciones. En medio de estas tormentas, la Trinidad se nos presenta como un puerto seguro, como una roca firme, en la que podemos anclar nuestra esperanza.
En esta fiesta de la Santísima Trinidad, es una invitación a detenernos, a hacer silencio en nuestro interior, a contemplar el rostro de un Dios que es Amor, que es familia, que es comunidad. Es una llamada a buscar esa paz que el mundo no puede dar, esa paz que brota del corazón de la Trinidad y que se nos ofrece como don. La Trinidad nos enseña a vivir, nos impulsa a dar testimonio de nuestra fe. Pidamos al Señor que nos regale el don de la paz.


