La Navidad y el derecho a la luz
Por P. Eduardo Llorens Núñez, S.J.
Los derechos a los servicios básicos deben asumirse con responsabilidad, tanto cuando son ofrecidos por entidades privadas como cuando lo son por entidades públicas o estatales. En el caso de las primeras, la oferta y la demanda regulan su funcionamiento. En las segundas, el Estado asume plenamente esa responsabilidad; por tanto, garantizar la satisfacción del ciudadano es parte esencial de su función, aunque no siempre, en todos los países, se actúe con la debida ejemplaridad.
Nunca debe justificarse un mal servicio, o sus deficiencias, por situaciones que no son responsabilidad del consumidor. Tampoco es válido excusar un servicio deficiente alegando factores externos que no explican su mal funcionamiento.
Hoy nos encontramos en un punto en el que el “no servicio” de algo tan necesario como la electricidad, por parte de la Unión Eléctrica (UNE), empresa pública y estatal, ha alcanzado niveles miserables, por no decir casi inexistentes. Sin embargo, lo más grave no es solo la deficiencia del servicio, sino el intento de normalizar esta situación. La dignidad de la vida moderna no puede prescindir de un servicio eléctrico estable y de calidad, y por tanto no podemos aceptar la mediocridad de una prestación tan esencial.
Las fiestas navideñas se viven en el mundo cristiano como un tiempo de luz, no solo por los adornos, sino por el propio acontecimiento del nacimiento de Jesús, “luz para las naciones”. Este simbolismo nos sitúa en un contexto profundamente marcado por la luz. Los términos luz, tinieblas y oscuridad, muy utilizados por el evangelista Juan, van más allá de lo poético: nos remiten a un universo teológico que puede ayudarnos a interpretar nuestra realidad actual. En el Evangelio de Juan (1, 8-9), la referencia a la luz es Jesús, que viene al mundo para iluminar a toda la humanidad.
Sin embargo, no podemos quedarnos en una interpretación meramente literal del texto. Debe ser leído a la luz de los acontecimientos de la vida cotidiana. No hacerlo implica el riesgo de convertir la fe en algo que nos enajena de la realidad. Jesús nos trae en esta Navidad la luz para no vivir en tinieblas, para poder elegir con libertad y claridad lo que es más conveniente para nuestras vidas. Nadie tiene derecho a privarnos de esta iluminación espiritual, ni tampoco de la luz concreta que nos brinda el servicio eléctrico, está en juego nuestra integridad como seres humanos.
El acceso a la electricidad, aunque no esté reconocido explícitamente como un derecho fundamental, es un derecho humano social esencial para el desarrollo y la dignidad de las personas. Sin él, otros derechos —como la vida, la salud, la educación, la información— se ven seriamente limitados. Por ello, debemos ser conscientes de este derecho a la electricidad y reclamarlo. Si Jesús se encarnó para iluminarnos, no podemos obviar la luz que necesitamos para vivir y funcionar como Dios quiere.


