La Navidad, el nacimiento y el derecho a la esperanza
Por 𝗘𝗻𝗺𝗮𝗻𝘂𝗲𝗹 𝗔. 𝗦𝗮𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗥𝗼𝗱𝗿í𝗴𝘂𝗲𝘇
Escribir estas líneas en el corazón de la Navidad pareciera un espejismo en un momento en el que el presente y futuro de esta Isla se dibuja con trazos de interrogante. Como muchos jóvenes acá, mis días están marcados por preguntas que no siempre encuentran respuestas rápidas. Las dudas a veces nublan el horizonte y el cansancio puede intentar apagar la ilusión que brota auténticamente del corazón. En este paisaje humano, la Navidad penetra no como simple tradición cultural, sino como una oportunidad de mirar el verdadero motivo de nuestra Esperanza.
Desde finales del pasado año, el Papa Francisco nos llamó a vivir en este 2025, el Jubileo de la Esperanza. No una esperanza pasiva que consuela en la intimidad, sino una virtud que renueva con valentía, que ayuda desde lo pequeño a construir un reino de grandeza, que nos lleva a compartir su mensaje. Pero ¿dónde habita el fundamento de esta esperanza? En la mirada al misterio que celebramos cada 25 de diciembre encontramos una respuesta inigualable: Dios, en su inmenso amor, envió a su Hijo: un Niño. Nacido en la periferia de un imperio, en la sencillez de un pesebre, bajo la amenaza de un poder que ya lo perseguía.
Desde esa fragilidad, quiso Dios cambiar la historia para siempre y regalarnos a través de Jesús un mensaje de esperanza que nos mueve como iglesia, como jóvenes cristianos: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
Ese es el misterio que nos sostiene también a quienes llevamos en la sangre y en el corazón a Cuba; nuestra esperanza no se basa en que las circunstancias mejoren mágicamente, por leyes o decretos humanos, por una maleta de sueños recogida detrás de la puerta, sino en que Dios entra, aún en las peores circunstancias y edifica desde dentro.
Como joven católico, muchas veces siento la tentación de la desesperanza, del “no hay nada que hacer”. Pero luego contemplo el Belén. Miro a María en medio del desconcierto de un parto en condiciones muy frágiles. Veo a José, que cuida un plan que superaba el entendimiento humano. La esperanza cristiana surge también así, en el acto de confiar cuando no se ve claro. En apostar por la presencia y la voluntad de Dios ahora, en el estudio que cuesta cada día más, en el trabajo, en la familia que se sostiene en la dura realidad de hoy, en la comunidad que ora y tiende su mano para compartir lo que tiene.
Es la Navidad un gran momento para ponerle nombre concreto a nuestra Esperanza: Jesús de Nazaret. No dejemos que el desaliento por un futuro incierto robe la paz del presente, el sentido de agradecimiento por el bien recibido y la generosidad para servir a los demás. Muchos testimonios de vida de santos en todo el mundo, de cristianos en Cuba, nos muestran caminos de luces y amor, aún en condiciones difíciles.
Al adorar al Niño en el pesebre, renovamos nuestra confianza en que Dios está con nosotros. Él no nos quita las cruces de la vida, pero nos acompaña en ellas, dándonos fuerza para transformarlas. Que esta Navidad, no solo coloquemos adornos en nuestras parroquias, casas, arbolitos y pesebres, pongamos también en un lugar preciado el derecho a la esperanza a la que estamos llamados como seres humanos. Que podamos soñar y sonreír juntos, en familia, en comunidad, como cubanos en dondequiera que estemos… porque es como escribió san Pablo en su carta a los Romanos; “la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”. Él nos habita. Y donde está Él, hay luz, hay esperanza y hay vida verdadera.


