La fineza cubana: Una cola de caballo
Por Teresa Díaz Canals
𝐸𝑙 𝑠𝑒𝑐𝑟𝑒𝑡𝑜 𝑑𝑒 𝑛𝑢𝑒𝑠𝑡𝑟𝑜 𝑝𝑜𝑟𝑣𝑒𝑛𝑖𝑟 𝑒𝑠𝑡𝑎́ 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑒𝑙𝑎
𝐽𝑜𝑠𝑒́ 𝑀𝑎𝑟𝑡í: 𝐿𝑢𝑧, 𝑚𝑎́𝑠 𝑙𝑢𝑧
Me enviaron hace pocos días una foto de uno de los barrios habaneros donde aparecía un ómnibus –una guagua, como le decimos los cubanos- con un cartel en su parte delantera: DIAMBULANTES. ¡Dios mío! Me quedé tan sorprendida como quien me lo envió. No es solo que determinados funcionarios sean incapaces e indiferentes para ayudar a esas personas a quienes denominan «deambulantes», que no son más que los que buscan en la basura diariamente para sobrevivir al hambre. En otros países se les nombra indigentes, mendigos, sin techos; en otros de habla inglesa, homeless.
En Cuba se orienta recogerlos y el colmo es que la operación se realiza con ese nombre mal escrito en un autobús. Ojalá esa orientación de hacerlos entrar en ese transporte fuera para apoyarlos en sus tristes vidas, para brindarles techo, una buena alimentación, atención médica, es decir, una acogida humana, una acción de auxilio, de piedad. Los desaparecen a la fuerza para llevarlos a lugares inhóspitos, para que determinados visitantes no vean a la Cuba profunda, real, a la Cuba que duele, que llora. Esa palabra mal escrita es el símbolo de la debilidad de una educación de consignas, absurda.
Escuché una entrevista realizada a una artista conocida. Le preguntaron qué sintió cuando muchos la atacaron por hacer propaganda para la adquisición de plantas eléctricas, vendidas por el Estado a aquellos que tienen recursos para adquirir un medio necesario ante la terrible situación de los apagones en el país. Incluso la amenazaron de muerte a ella y a su hijo, lo que resulta totalmente inadmisible. Sin embargo, su proceder después que el huracán Melissa devastara gran parte del territorio oriental, como integrante del grupo La Familia Cubana, entregando ayuda humanitaria, consolando a gente que lo perdieron absolutamente todo, fue un ejemplo de sensibilidad, de lo más puro de la estirpe cubana.
En este caso, me parece pertinente añadir que el desbordamiento de sinceridad de determinado proceder no debe estar acompañado de vulgaridad, de malas palabras. Digo esto, pues la explicación de la artista en su momento no fue expresada a dos o tres amigos; sino que ella, cuando apareció en las redes se estaba dirigiendo a una gran cantidad de personas, por ello, su discurso no debió ser grosero, chabacano. La cultura, al ser sensible al sufrimiento, también es una ética. La educación está en el aire, en el lenguaje, en los gestos. Con ello no me refiero a mantener un refinamiento hipócrita y ridículo, ¡no! Pero esta valiosa actriz debe aprender a tener en cuenta la fineza de lo cubano, esa que encontraron un día los que con asombro «descubrieron» esta isla en la cabellera de nuestras indígenas, en el pelo suave y a la vez resistente como «cola de caballo», esa fineza que estuvo presente en una Rosita Fornés, en una Dulce María Loynaz, en un José Lezama Lima.
Los acontecimientos narrados constituyen una muestra de la crisis educativa que atravesamos en la actualidad.


