𝗘l nacimiento y el regalo de un año lleno de gracia
Por Keitty Otaola Campo, PJI Camaguey
Este año no ha pasado simplemente. No ha sido un mero cambio de calendario. Ha sido un regreso a casa. A esa casa que, en el fondo de mi alma, siempre supe que existía, pero a cuyas puertas llamaba con timidez. Hoy puedo decir, con el corazón desbordado, que he cruzado ese umbral para quedarme. Para siempre.
Recuerdo la sensación de paz, tan honda que casi duele, al recibir por primera vez a Jesús en la Eucaristía. No fue un acto, fue un encuentro. Fue como si toda mi vida hubiera estado respirando a medias y, en ese instante, por fin, mis pulmones se llenaran del aire puro y eterno para el que fueron creados. Ese día, algo en mí se soldó para siempre. No concibo una vida donde no fuera católica, porque no sería yo. Sería una sombra, un eco de alguien que podría haber sido. La fe no es algo que tengo; es lo que soy. Es mi identidad, el latido secreto de mi esencia, el nombre verdadero que Dios pronuncia en el silencio.
Y en este caminar, Ella estuvo. Siempre. La Virgen… no fue una casualidad que el escapulario del Carmen llegara a mi vida. Al sentir esa tela sobre mi piel, no fue un peso, sino un abrazo. Un recordatorio tangible de que tengo una Madre que me cobija bajo su manto, que me guía con mirada tierna y serena hacia su Hijo. Soy profundamente mariana, porque en su “sí” encuentro el coraje para decir el mío. En su silencio, aprendo a escuchar. En su fidelidad al pie de la cruz, encuentro la fuerza para permanecer. Ella es el camino más corto y más dulce hacia el Corazón de Jesús.
Dios, en su infinita misericordia, pobló este camino de almas luminosas. Personas que no aparecieron por azar, sino colocadas como faros en mi noche, como compañeras de viaje en el sendero. Rostros que son ahora parte de mi historia sagrada, que me mostraron el rostro de Cristo en una sonrisa, en una palabra de aliento, en una mano extendida. Quedaron marcadas a fuego en mi corazón, y sé que nuestro encuentro fue divino.
Los primeros Ejercicios Espirituales… ¿qué puedo decir? Fueron un descender a lo más profundo, al núcleo de mi ser, para encontrarme allí, cara a cara, con el deseo más puro de Dios para mí. Y en ese silencio que resonaba como un trueno, encontré mi principio y fundamento. No una idea, sino una misión tallada en el alma: ser el amor que me gustaría ver en el mundo. Ya no es una aspiración lejana; es la verdad desde la que quiero vivir, mi ofrenda diaria. Es la lente a través de la cual ahora elijo ver, amar y actuar.
De ese silencio fecundo, brotó con aún más fuerza un deseo: servir. Por eso, comenzar la formación como catequista no es un “curso” más. Es la respuesta natural de un amor que no cabe dentro de mí y pide ser compartido. Es el anhelo de tomar la mano que a mí me fue tendida y tenderla a otras. De contar, con mi propia vida transformada, esta historia de amor que lo ha cambiado todo.
Al mirar atrás, veo una travesía. Un hilo de Gracia que siempre estuvo ahí, a veces invisible, pero firme. La presencia de Dios y de María no fueron intermitentes; fui yo quien, a veces, cerraba los ojos. Hoy los tengo abiertos, llenos de lágrimas de gratitud.
Me siento inmensamente bendecida. No por mérito, sino por puro y desbordante regalo. El año ha tocado a su fin, pero esto que ha nacido en mí es solo el principio. El principio de una vida que, por fin, ha encontrado su Centro, su Razón y su Gozo. Todo, absolutamente todo, ha sido Gracia. Y a ella me entrego, confiada, para este nuevo año y todos los días que él me regale.


