𝐀𝐋𝐋Í 𝐄𝐌𝐏𝐄𝐙Ó 𝐔𝐍 𝐄𝐍𝐂𝐔𝐄𝐍𝐓𝐑𝐎 𝐒𝐈𝐍 𝐎𝐑𝐈𝐋𝐋𝐀𝐒 (𝐋𝐜. 24, 46-53)
Por David Pantaleón, SJ
Domingo Ascensión del Señor (Ciclo C)
La Iglesia celebra este domingo la Ascensión de Jesús al cielo, cuarenta días después de la Pascua y una semana antes de Pentecostés. En el evangelio contemplamos el misterio de Jesús que sale de nuestro espacio terreno para entrar en la plenitud de la gloria de Dios, llevando consigo nuestra humanidad.
Lo primero que conviene tener presente en esta fiesta es que el camino que conduce hacia la vida plena se recorre bajando. De ese modo sorprendente resumía San Pablo en su carta a los Filipenses toda la vida de Jesús: “Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre…”
Es todo lo contrario a lo que nos quieren convencer los que promueven el camino al éxito como un premio otorgado a los que llegan primero, a los que ascienden en la vida a costa de los demás. En realidad, mirando a Jesús, el Siervo sufriente que asciende a los cielos, sabemos que el hombre alcanza su máxima estatura y su plenitud cuando descubre los caminos del servicio humilde y generoso con ternura y alegría. El que hoy asciende es el mismo Jesús que se ató la toalla a la cintura y se abajó para lavar los pies a sus discípulos.
En segundo lugar, puede ayudarnos acoger lo que nos recuerda la Iglesia en la oración del prefacio durante la eucaristía de este día cuando nos dice que Jesús “no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino”.
Vencida la muerte, seguimos en comunión con el Resucitado. De esta comunión brota para todos una ardiente esperanza. La victoria sobre el pecado y el mal es posible. La injusticia no prevalecerá. Nuestra vida tiene un horizonte infinito. Jesús abrió las puertas a la vida verdadera. Él va delante. Su Espíritu nos guía. La ascensión de Jesús no es una despedida, sino el inicio de un encuentro sin orillas.


