𝐑𝐄𝐒𝐔𝐂𝐈𝐓𝐀𝐑 𝐂𝐀𝐃𝐀 𝐃Í𝐀 𝐂𝐎𝐍 𝐄𝐒𝐏𝐄𝐑𝐀𝐍𝐙𝐀 𝐘 𝐑𝐄𝐍𝐎𝐕𝐀𝐂𝐈Ó𝐍
Por Yenia Matos Henríquez
Durante estos días celebramos el acontecimiento más importante para nuestra fe: la Resurrección de Jesús. Este no sólo es un recordatorio de la victoria de la vida sobre la muerte, sino también una fuente de esperanza y renovación para un pueblo que carece, sobre todo, de expectativas y cuestiona diariamente dónde encontrar a Dios en medio de tanto desconsuelo.
Confieso que yo también me pregunto cómo ver la resurrección en la cotidianidad, en el hambre material y espiritual de este pueblo, en los ojos apagados de los ancianos que no saben cómo sobrevivir con cada vez más escasos recursos, en los jóvenes que anhelan un futuro fuera de su tierra y en sus padres que dedican cada respiro a sus subsistencias. No puedo decirle a nadie cómo encontrar las fuerzas para superar los momentos difíciles, pero sí compartir cómo resucito cada día para seguir adelante.
En primer lugar, me aseguro de aferrarme a ese don que Dios nos regala: la fe. Durante la pasión y muerte de Jesús en la cruz, parecía que el mal había triunfado sobre el bien. Sin embargo, con su resurrección, el Señor nos muestra que, incluso en los momentos más oscuros, la fe nos puede ofrecer vida y restauración. Así, nos dice que, aunque enfrentemos desafíos y pruebas, Dios tiene el poder de transformar nuestras situaciones y brindarnos la esperanza que necesitamos.
También resucito cada día cuando intento llevar una vida de amor y servicio hacia los hermanos. Sin dudas, se trata de un gran desafío ante nuestros propios problemas, pero cuando ayudamos, apoyamos y somos compasivos con quienes comparten nuestra realidad estamos siguiendo las enseñanzas de Jesús: amarnos unos a otros y buscar el bienestar de nuestro prójimo. Además, nos convertimos en instrumentos de cambio y contribuimos a la construcción de un mundo más justo: el reino de Dios entre nosotros.
Resucitar cada día es vivir con los pies en la tierra, pero sin olvidar la esperanza que nos ofrece la vida eterna, esa que consuela en tiempos de pérdida y motiva a vivir con un sentido de propósito y trascendencia: estar presente y ser consuelo cuando nos necesiten; y llevar el ejemplo y la palabra de Dios a nuestros hermanos.
Es fácil perder de vista el camino cuando todo alrededor parece un laberinto sin salida. Por eso, resucitar cada día es ver a Jesús en lo que creemos y hacemos, no importa cuán pedregosa sea la ruta. Pensemos siempre que el camino de Jesús fue el más difícil de todos y que Él lo venció para que nosotros pudiéramos dominar nuestras propias dificultades.
Pidamos a Dios porque este tiempo de Resurrección nos inspire a vivir con alegría y esperanza, sabiendo que su victoria sobre la muerte nos ha dado la oportunidad de experimentar la plenitud de vida en Él.


