𝐂𝐎𝐌𝐄𝐃𝐈𝐀 𝐘 𝐏𝐎𝐋Í𝐓𝐈𝐂𝐀
Por Daniel Céspedes Góngora
La sección Cine cubano al descubierto hoy comparte el recorrido por la obra cinematográfica del realizador Daniel Díaz Torres.
Entre la realización de documentales y el cine de ficción fluctuó el desempeño creativo de Daniel Díaz Torres (1948-2013). No es que prefirió uno por encima del otro. Se trató más bien de equilibrar maneras diferentes de las imágenes de lo nacional y, por supuesto, de sus protagonistas. Estos últimos no siempre fueron los más acostumbrados a ver en pantalla: campesinos, guerrilleros, milicianos…Al presentar, en 1984, Jíbaro, uno de sus documentales más bellos, en que el protagonismo se va configurando no en la meta de una cacería, sino en la mirada de la cámara que atiende el contexto rural y cómo el hombre, con su intervención no siempre consciente, participa de la concepción de una atmósfera del paisaje.
Tal vez con Jíbaro no se vaticinaba todo lo que podía hacer Díaz Torres. Se había licenciado en 1978 en Ciencias Políticas en la Universidad de La Habana. Diez años antes, ya en el ICAIC, fue de esos directores en formación que en su primera época escribió crítica de cine. Quizás por ello entendió pronto lo que la crítica significa no sólo para el séptimo arte, sino para la cultura y sociedad en general. No por gusto sería el director de Alicia en el Pueblo de Maravillas (1991), una de las películas más polémicas del ICAIC hasta la fecha. A medio camino entre el absurdo y lo surreal, algunas escenas molestaron más que la trama misma. Hasta se llegó a cuestionar que determinados actores decidieran trabajar en una obra rara y políticamente preocupante. La censura se impuso.
Y es que, sobre todo, desde la sátira y la comedia en general, Díaz Torres hizo un cine político revalidando que el mejor arte siempre lo es: Kleines Tropikana (1997), Hacerse el sueco (2000), Lisanka (2009)… Cuando estrenó La película de Ana (2012), un amigo me dijo que era otra “comedia cubana de enredos” sobre la realidad cubana, con sus cuotas de crítica sociocultural, por debajo de Adorables mentiras y por encima de Perfecto amor equivocado, ambas de Gerardo Chijona. Pero, en honor a la verdad, el también director de Otra mujer merece otra suerte de atención por su trabajo con los actores, porque solía trabajar con guionistas de peso como Eduardo del Llano, por la visualidad que pide.
En La película de Ana, su última obra
cinematográfica, Díaz Torres resume mucho esa suerte de historia ocurrente que, por suceder en Cuba, ya deja de ser incoherente y surrealista. En la simulación de Ana (Laura de la Uz), en la representación de su personaje Ginette, reside un conflicto ético-existencial de muchos cubanos, lo que sobrepasaba la mera comicidad amparada en los chistes al uso y las peripecias del disfraz.


