𝐋𝐄𝐒 𝐃𝐄𝐉𝐎 𝐄𝐋 𝐄𝐒𝐏Í𝐑𝐈𝐓𝐔 𝐒𝐀𝐍𝐓𝐎 (𝐉𝐧. 14, 23-29)
Por Alden García, SJ
VI Domingo de Pascua (Ciclo C)
En Cuba, las despedidas se han vuelto una constante. Nos despedimos de la libertad, de la justicia, de seres queridos que se han ido al extranjero buscando otro futuro. Nos despedimos incluso de lo más básico: alimentos, medicinas, sonrisas y, en muchos casos, de la vida misma. Los jóvenes, llenos de sueños, se despiden de su tierra en busca de un porvenir lejano, mientras que otros, más ancianos o enfermos, se despiden de su salud y bienestar. Nos despedimos del presente y nos vemos obligados a vivir la desolación que nos rodea.
Sin embargo, Jesús nos enseña a vivir las despedidas de otro modo. En el Evangelio de Juan, cuando Jesús se despide de sus discípulos, después de haber compartido con ellos sueños, dificultades, desaciertos, esperanzas, les deja algo más que palabras: les deja el Espíritu Santo. Les dice que su partida les conviene, que sólo así podrán recibir la plenitud del Consolador. Además, les promete regresar. A través de este acto de despedida, les da algo que nadie les puede quitar: su paz.
Jesús no ofrece una paz superficial, ni una paz que ignore el sufrimiento. Su paz no borra el dolor, sino que lo atraviesa y lo redime, transformándolo en algo que afina el corazón. Nos enseña a vivir las despedidas con una paz profunda, que no depende de las circunstancias externas, sino de estar en intimidad con Él. Esta paz nos permite afrontar nuestras propias despedidas con esperanza y fortaleza, porque sólo en Él encontramos consuelo. En las despedidas más difíciles, cuando sentimos que todo se derrumba, cuando nos obligan a despedirnos a la fuerza, Jesús nos enseña a confiar en su promesa: “Mi espíritu está con ustedes”.
Jesús nos invita a abrir nuestro corazón al Espíritu Santo para aprender a despedirnos empoderados en la fe. Y sentirnos sólidos y abrigados en la fe hace que las despedidas no sean vacíos, sino que se transforman en momentos en los que podemos decir, con toda nuestra alma: “A-Dios”, entregando a Dios todo lo que nos duele, todo lo que hemos perdido, todo lo que añoramos, todo lo que no entendemos.
Hoy, ante cualquier despedida, podemos decir “A-Dios”, sabiendo que el Espíritu nos da la fuerza para enfrentar nuestras pérdidas con un corazón dispuesto a confiar. Estar empoderados en la fe es también saber que, en cualquier momento del día, podemos salir de nuestras casas y acudir a las iglesias abiertas por el don del Espíritu. Es saber que podemos congregarnos, encender una vela por nuestra tierra cubana y orar juntos como pueblo de Dios. El mal le teme a la comunión de los justos, al poder de la fe; le teme a lo que puede germinar cuando nos reunimos en nombre de Jesús.
Señor, que tu paz nos habite en cada despedida, nos acompañe en cada pérdida, y nos permita ver más allá del dolor tu rostro.
Amén.


