Madre mía que estás en una carta y en un regaño antiguo que no encuentro, quédate para siempre aquí en el centro de la rosa total que no se aparta. Madre mía que estás tan lejos, harta de la nieve y la bruma, espera, que entro a ponerte a vivir con el sol dentro, madre mía que estás en una carta. Puedes darle al misterio tu infinita amistad con las sombras hechiceras; puedes ser una piedra que se quita o borrarme ahora mismo las ojeras; pero, madre, recuerda nuestra cita: ¡no te atrevas a todo, no te mueras!
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