𝐃𝐎𝐌𝐈𝐍𝐆𝐎 𝐃𝐄 𝐋𝐀 𝐃𝐈𝐕𝐈𝐍𝐀 𝐌𝐈𝐒𝐄𝐑𝐈𝐂𝐎𝐑𝐃𝐈𝐀
Por Aldén García, SJ
El Evangelio de hoy nos invita a creer que el Resucitado nos encuentra en nuestra debilidad. Al igual que aquellos discípulos encerrados y llenos de miedo, nosotros también conocemos el temor a las represalias de las autoridades, a la incertidumbre, a levantar la voz en busca de justicia. En medio de esas puertas cerradas, la palabra del Resucitado se hace presente y nos dice: “La paz con ustedes”.
Jesús elige revelarse primero a sus discípulos, no desde un lugar de gloria, sino en un ámbito de quebranto, donde ellos están más frágiles. Así también se acerca a nuestra realidad de pueblo abatido, en los momentos en que más lo necesitamos. Jesús se presenta con sus heridas. Si hubiera resucitado sin llagas, ¿cómo podríamos comunicarle nuestro dolor?¿Cómo Él nos entendería si no padeciera en carne propia por ti y por mí? Él nos comprende porque ha sufrido nuestras heridas y las sufre con nosotros. Al llevar en su cuerpo las marcas del sufrimiento, nos invita a que tengamos fe.
La decisión de Jesús de hacerse presente en un lugar de encierro y mostrar sus heridas nos convida a “celebrar el fracaso”. El padre Adolfo Nicolás decía que “debemos aprender a celebrar los fracasos”. Celebrar así significa reconocer que los momentos de muerte son oportunidades de encuentro profundo con el Dios vivo de Jesús. Cuando nuestras fuerzas y planes ya no bastan, cuando nombramos nuestra realidad como “sin esperanza”, es cuando la presencia misericordiosa del Señor se hace más cercana. Es como si mientras menos podemos por nosotros mismos, más nos abraza el amor del Resucitado.
Sabemos que es difícil creer sin ver. Todos tenemos algo de Tomás. Pero en medio de nuestros fracasos personales, de pueblo, ¿por qué no creer que el Resucitado nos habita ahí donde nadie más puede hablar de vida y porvenir? Aprendamos a escuchar en nuestro interior la suave brisa de la paz y la alegría que resuena cada vez que compartimos el poco pan que tenemos, el medicamento que no nos sobra, la palabra animosa y libre, cuando ofrecemos el perdón o anunciamos el Evangelio. Cada vez que esto sucede, permitimos que el testimonio del Resucitado haga vida a través de nosotros.
Digamos en esta hora oscura con fe: “Señor mío y Dios mío”. No importa que lo digamos con una fe quebrantada, casi incrédula; no importa. Esa fe, por pequeña que sea, Él la hará crecer. Llenémonos de Él, y abramos las puertas de nuestros encierros para salir a las calles de nuestros pueblos. Anunciemos a los vecinos, a la familia, a los conocidos, las pequeñas historias de encuentro con el Resucitado que nos consuelan y que reconfortan.
Señor, que te pueda encontrar, porque ya Tú me has encontrado. Amén.


