El Señor de la estrella y los magos estrellados
Por Manuel Maza, sj
Fotografía: Hna. Chichi, OCN, Esmeralda, Camagüey
Melchor, Gaspar y Baltasar tuvieron una ruta feliz hasta que llegaron al castillo de Herodes en Jerusalén. Llevaban en camellos los regalos para el Señor: oro, incienso y mirra. Pero toda esa felicidad se transformó en inquietud durante los días que vivieron con Herodes. Ellos le preguntaron: —¿Dónde está el rey de los judíos? Hemos visto su estrella y venimos desde Oriente a adorarlo—. Herodes les respondió: —¿Estrella? Aquí no hay más estrella que ustedes, queridos reyes. Quédense aquí, conmigo—. Y los reyes se quedaron con Herodes sin paz y sin estrella.
En primer lugar, Herodes poseía mucho oro: platos, cubiertos, vasos, candelabros. ¡Todo brillaba! Melchor, el rey mago que llevaba el oro, comenzó a contar de noche las monedas que le regalaría al niño Jesús, mientras murmuraba:
—Yo creo que un niño no necesita tantas monedas doradas. A mí me hacen falta para ser como Herodes. El oro no debe ser tan malo cuando la misma estrella es dorada—. Melchor se maravillaba de cuánto le gustaba contar las monedas, pero después, siempre se sentía triste y amenazado por los pobres del camino.
La hospitalidad de Herodes también le hizo daño a Gaspar, el rey mago del incienso. Viendo las reverencias que le hacían a Herodes, Gaspar sintió envidia. De noche daba vueltas y vueltas en su cama, mientras pensaba. —Yo voy a ser mayor que Herodes. Voy a quemar en mi propio honor ese incienso, y entonces yo estaré más alto que la misma estrella—. Pero estos pensamientos lo dejaban desalentado y en la mañana se despertaba cansado, como si hubiera estado trabajando la noche entera.
Finalmente, estaba Baltasar, que llevaba la mirra, el perfume de la gente importante. Herodes se pasaba el día mandando y gobernando, y Baltasar empezó a sentirse muy poquita cosa. Cuando estaba solo, miraba desde una torre a la ciudad de Jerusalén y ambicionaba mandarla, mientras se quejaba: —A ver, ¿por qué siempre me ponen a mí de último: «Melchor, Gaspar y Baltasar»? ¡Yo siempre de tercero! ¡Pues no y no! Uno de estos días, voy a perfumar con mirra mis propias ropas, y ya verán Melchor y Gaspar, quién es Baltasar, que les va saltar por arriba. En lugar de mirar a la estrella, me van a tener que admirar a mí—. Pero después de estas quejas, Baltasar se sentía más infeliz que nunca.
Desde que salieron del palacio de Herodes, todo fue una pelea. Melchor quería ir de primero, no dejaba que los guías marcasen la ruta, y quería adelantarse a la estrella. Gaspar, por su parte, exigía que todos los camelleros le aplaudieran, pero estos no podían aplaudir y al mismo tiempo sujetar a los traviesos camellos, y se armaban unos enredos de camellos y jinetes que sólo resolvían con malas palabras y latigazos, mientras Baltasar voceaba: —Yo soy la estrella de esta caravana. Si no me dejan mandar, esta caravana no se mueve—.
Gracias a la estrella del cielo pudieron encontrar por fin la cueva de Belén. Llegaron cansados y enemistados. Gastaron el triple del tiempo, pues cada rey mago se las daba de estrella y sólo buscaba sus propios intereses. Los pobres camelleros y la gente chiquita de la caravana estaban hartos de tanta discutidera, tanto esfuerzo y tan poco progreso. Y hasta murmuraban que iban a volver atrás para servir a Herodes «mano dura», y así evitarse todos aquellos dimes y diretes. Un joven que abrevaba los camellos resumió así la crisis: —como cada rey quiere ser la estrella, ¡la caravana está estrellada!
Desde que entregaron los regalos a José y María, los reyes magos se sintieron mejor, pero se quedaron espantados cuando vieron María repartir todas las monedas de oro entre los camelleros, sus ayudantes y unos pastores. El incienso lo quemó de una vez, mientras les agradecía: —Este humo del incienso va a espantar los mosquitos, y a mejorar los olores de esta cueva que compartimos con el burro y la vaca, tan expresivos—. Con la mirra, María y José fabricaron un perfume que le regalaban a cada visitante. Todos salían oliendo mejor de esa cueva.
Baltasar había preparado un discurso de entrega de regalos, pero María no lo dejó ni hablar. Lo cortó desde que empezó: —En nombre de la liga de reyes magos del Oriente—. —¡Shshsh, que me vas a despertar al niño! Entonces María les dijo con voz humilde y graciosa: —Queridos reyes magos, aquí está el mejor de todos los regalos: «¡Jesús!» Gracias por sus dones de oro, incienso y mirra. En verdad, su gran regalo ha sido ustedes mismos, viajando desde tan lejos. Hagan como la estrella del cielo, quédense con nosotros—. José sonreía y callaba mientras les preparaba el sitio.
Y así fue, cómo Melchor, Gaspar y Baltasar aprendieron que al niño no le interesaban los regalos, sino que se encantaba con ellos. Jesús se pasaba las horas riéndose con ellos y jalándoles las barbas. Ahora se peleaban por cargar a Jesús, como si la estrella del cielo ahora estuviese en el suelo.
Durante el largo viaje de regreso, Baltasar, genio y figura hasta la sepultura, aprovechó para darles de todas maneras un discurso a Melchor y Gaspar:
—¡Mis colegas reyes, ¡qué equivocados y tristes caminábamos cuando queríamos ser como Herodes y hasta ambicionábamos subir más alto que la estrella! Ahora, aunque la marcha sigue siendo dura, y aunque ya no vemos a la querida estrella, vamos llenos de fe, esperanza y amor, pues hemos visto con nuestro ojos, a la luz de todos los pueblos, a Jesús, el salvador—.
Hubo un nuevo enredo de camellos cuando Melchor, Gaspar y Baltasar se abrazaron emocionados sin bajarse de sus monturas.
Años más tarde, los reyes magos comprendieron que Jesús les había dado el mejor de los regalos: ahora cada uno llevaba la estrella en su corazón.


