El nacimiento y el regalo de hablar por la causa de los desvalidos
Por Javier Bobadilla
«En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron». Juan 1,4-5
«Habla por el que no puede hablar y defiende la causa de los desvalidos». Proverbios 31,8
Jesús nació en un mundo sin derechos. Leyes había, muchas: judías, romanas, civiles y religiosas. No es lo mismo. El esclavo era del dueño, la mujer era del esposo, el hijo era del padre, el pobre era del rico, todos eran del rey. No eras tuyo, no había un derecho a ser.
Tantas cosas podrían haber salido mal en el nacimiento de Jesús...
Al recibir José la noticia del embarazo de María, podía haberla sometido a las aguas amargas. Estaba en todo su derecho. Era salvaguardar su decoro contra la vida de su esposa.
A poco de enterarse Herodes por los sabios del Oriente del nacimiento del futuro rey de los judíos, mandó matar a todos los niños menores de 2 años en Belén y sus alrededores. Estaba en su derecho. Era salvaguardar la seguridad de su linaje en el trono contra la vida de los inocentes.
A José se le apareció un ángel, las dos veces, para aconsejarlo. Pero entre recibir una señal y escuchar la señal hay algo más. Hay una decisión que tomar, y eso va más allá de las leyes o los derechos escritos en una constitución. Tomar la decisión de hacer lo correcto, aunque sea desobedecer a la sociedad o al rey, viene de la conciencia de cada cual.
¿Y los romanos, qué hicieron? Nada. Los romanos no se metían en eso, mientras se pagaran los impuestos y hubiera paz.
Cuando las leyes están mal, los derechos se vuelven torcidos. El valor de las cosas se pervierte, porque para los tiranos seguir en el trono siempre tiene más valor que la vida de los inocentes. Cosas que son un nombre insustancial flotando en un discurso vacío tienen más derecho a existir que tú.
Nadie recordaba que fuimos creados a su imagen y semejanza.
Jesús vino y rompió las reglas. Se acercó a los enfermos, que eran impuros. Defendió a las mujeres. Les dio una segunda oportunidad a los pecadores. Enseñó que el hebreo, el sirio, el egipcio, el griego, el romano, ante Dios, eran iguales y tenían el mismo derecho a la salvación.
No intentó un cambio social o económico. «Al César lo que es del César», respondió cuando le preguntaron. El secreto no está ahí, sino dentro de nosotros mismos, y ahí es donde Jesús quiso poner su mensaje.
Ama a Dios por sobre todas las cosas. Ama al prójimo como si de ti mismo se tratase. Hay una dignidad de existir y un derecho a ejercerla. Aspira a tu derecho y respeta el de los demás. Estás hecho a imagen y semejanza de lo divino. Él se regocija en ello. No tengo que decírtelo yo, te lo dijo su Hijo hace dos mil años.


