¿𝐐𝐔𝐈É𝐍 𝐒𝐎𝐘 𝐘𝐎 𝐏𝐀𝐑𝐀 𝐐𝐔𝐄 𝐕𝐄𝐍𝐆𝐀 𝐀 𝐕𝐈𝐒𝐈𝐓𝐀𝐑𝐌𝐄 𝐋𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 𝐃𝐄 𝐌𝐈 𝐒𝐄Ñ𝐎𝐑?
Por Alisuka Lazo
Hace un tiempo, mi madre y yo, durante el rezo del Santo Rosario y motivadas por las misas que veíamos por televisión desde este hermoso templo durante la pandemia, le pedimos a nuestra Madre María su intercesión ante nuestro Señor Jesucristo para visitar su Santuario en El Cobre. En aquellos momentos de incertidumbre mundial, esta petición se convirtió en nuestro punto de encuentro diario con la fe.
Sorprendentemente, después de tres años, aquella oración en reposo fue contestada, acompañada de abundantes gracias. Al llegar a casa, le dije a mi madre: «Mima, con la gracia de Dios y de María, vamos al Cobre». Esta bendición llegó por mediación del «Proyecto Salvar a mi Hermano»: doce hermanos que, por amor a Cristo y a María, decidimos llevar nuestro apostolado a sus pies en el tercer aniversario de su fundación, para agradecer el privilegio de servir a los más pequeños del Reino de Dios.
Emprendimos el viaje con ilusión renovada. Mima, con sus 83 años, no se detuvo a pensar si su quebrantada salud le permitiría soportar catorce horas en tren; solo hablaba de abrazar a la Virgen en su majestuosa advocación de la Caridad del Cobre. La fe y el amor maternal de María la sostenían en cada kilómetro del trayecto. Y así llegamos a sus pies, cogidas de la mano, entrando al Santuario para agradecer tan grande gracia, reconociendo cómo nuestro Señor Jesús nos sigue entregando a su Madre como ejemplo perfecto de virtud y entrega.
La presencia de María la sentimos vivamente al compartir oraciones y testimonios con la comunidad local; personas que, a pesar de su pobreza material, irradiaban una alegría contagiosa por saberse acompañados por la Madre de Dios. Sus rostros iluminados y sus historias de fe nos confirmaban que estábamos en un lugar verdaderamente bendecido. Esta experiencia fue para nosotras como esas gracias tiernas y cariñosas, que conducen a servir a Dios con renovada devoción.
Regresamos fortalecidas en cuerpo y espíritu, procurando mantener viva en nosotras la presencia de la Virgen, convencidas de que la devoción mariana es el camino más directo y seguro hacia la unión con Jesucristo. La Santísima Virgen María, madre de bondad y misericordia, no se deja vencer en generosidad; se entrega al alma que la busca y se convierte en su consejera y mediadora ante su Hijo.
Como el discípulo Juan, después de esta experiencia transformadora, decidimos «llevárnosla a nuestra casa», haciendo de este peregrinaje no solo un hermoso recuerdo, sino un renovado compromiso de vida cristiana bajo el amparo maternal de María.


