𝐏𝐄𝐍𝐓𝐄𝐂𝐎𝐒𝐓É𝐒 (𝐉𝐧. 20, 19-23)
Por Óscar Ávila, SJ
Pentecostés (Ciclo C)
La celebración de Pentecostés está enmarcada entre el miedo y la esperanza, es una festividad en la que los seguidores de Jesús nos llenamos del Espíritu del Resucitado. El evangelio de esta fiesta nos ubica en el mismo día de la Resurrección, momentos en que la comunidad experimenta la soledad más profunda marcada por la desesperanza frente a la muerte de Jesús.
El miedo es paralizante, tiene a los discípulos escondidos por miedo a los judíos, miedo que hace centrarse en ellos mismo sin mirar más allá de su propio dolor. Uno de los apóstoles no se encontraba con ellos, pues prefiere vivir el duelo lejos de la comunidad. Los que están juntos, lamentando lo vivido, expresan sus propios temores. Este modelo de comunidad nos ayuda hoy a mirar nuestro propio modo de ser comunidad, muchas veces marcada por el miedo, nos encerramos y no somos capaces de anunciar la presencia de Jesús en medio de nosotros, no somos capaces de dar testimonio del que entregó la vida por amor. Hoy también nos vamos quedando encerrados en nuestras quejas, temores y poca expectativa de que lo que estamos viviendo va a cambiar.
Pero en medio de este sinsentido irrumpe la fuerza del Resucitado que nos regala su aliento de vida para vencer nuestros miedos. El primer gesto del Resucitado es regalarnos la paz, pues es necesario que para poder entregar su mensaje y ser testimonio de su presencia debemos vivir en paz, partiendo desde nuestra paz interior y desde allí poder transparentar a la humanidad entera. Esto nos llena de alegría, pues sólo viviendo en la paz que nos regala el Resucitado podemos experimentar la alegría que el mundo de hoy necesita.
En nuestras comunidades muchas veces no damos espacio a esta alegría que brota de ver al Señor vivo en medio nuestro. Nos cuesta encontrar en estos tiempos, en esta Cuba, signos de la presencia del Resucitado; pero allí están, en medio de los pobres y desprotegidos, aquellos que el mundo desecha. Sólo los que hemos experimentado la gracia de la Resurrección en medio de muerte, tenemos la responsabilidad de dar a conocer la presencia del Espíritu de vida en nuestro andar cotidiano.
Jesús Resucitado nos regala su aliento de vida, al igual que en el relato de la creación es Dios mismo que da la Ruaj al barro modelado y le da vida. En Pentecostés es Jesús mismo quien nos da aliento para resucitar nuestro propio barro y comenzar una nueva era en donde la vida es el centro del actuar de la comunidad.
Es por eso que, en este Pentecostés, nos atrevemos a gritar con fuerza: ¡Ven Espíritu Santo liberador! Rompe nuestras cadenas y ayúdanos a caminar por sendas de vida que nos hagan hombres y mujeres constructores de tu Reino aquí y ahora.


