𝐋𝐀 𝐌𝐔𝐄𝐑𝐓𝐄 𝐃𝐄 𝐉𝐄𝐒𝐔́𝐒 𝐘 𝐋𝐀 𝐒𝐀𝐓𝐈𝐒𝐅𝐀𝐂𝐂𝐈𝐎́𝐍 𝐃𝐄 𝐋𝐎𝐒 𝐏𝐄𝐂𝐀𝐃𝐎𝐒
Por Yasniel Romero, SJ
Desde sus orígenes, el cristianismo ha asociado la muerte de Jesús al pecado y a la salvación de los hombres. La cita de san Pablo en 1 Cor 15, 3: “Cristo murió por nuestros pecados”, muestra cómo el cristianismo primitivo tenía conciencia de lo que implicaba la muerte de Jesús en la trama de la historia de la humanidad. En plena Edad Media, san Anselmo de Cantorbery (1033-1109) trata de explicar esta solidaridad de la muerte de Jesús con los hombres a través de la idea de la satisfacción, idea tomada del ámbito contractual en la estructura medieval. La idea es la siguiente: El pecado de los hombres no solo atenta contra el honor del ser humano, sino que también atenta contra la justicia de Dios; como Dios es un ser infinito, el pecado contra Dios sobrepasa la capacidad de reparación que poseen los seres humanos. Es decir, nosotros los hombres, criaturas finitas, no podemos reparar por nosotros mismos el honor de Dios. Luego, es necesario que Dios mismo intervenga. Como la muerte de Jesús es la muerte del hijo de Dios, inocente y libre de pecado, su entrega libre en la cruz adquiere la forma de un sacrificio desbordante, capaz de reparar las consecuencias del pecado cometido por los hombres.
Lamentablemente, esta idea de la muerte de Jesús como satisfacción de la justicia divina implica el riesgo de transmitir una imagen errada de Dios, del hombre y la historia de salvación. Comprendida en un cuadro estrictamente jurídico, ella puede transmitir la falsa idea de un Dios celoso y egoísta que exige la reparación de una deuda que los hombres le deben y que no pueden pagar, ya que el único medio de pagarlo es a través del sacrificio de su hijo (Jesucristo) inocente. Hoy, esta mala comprensión de la teoría anselmiana, se hace eco entre muchos cristianos e, incluso, en la manera en que comunicamos la catequesis. Sin embargo, la explicación de san Anselmo, bien comprendida, puede ayudarnos a profundizar en la dimensión salvífica de la muerte de Jesús.
En primer lugar, Anselmo trata de explicar, en su obra titulada ¿Por qué Dios se hizo hombre?, en qué sentido la muerte de Jesucristo es necesaria para la salvación de los hombres. Para ello, él se sirve de la idea medieval del vasallaje entre el siervo y el señor feudal. Este contrato comprometía, por una parte, al señor feudal a asegurar la seguridad y la defensa del siervo. Ella comprometía, por otra parte, al siervo a rendir honor y servicio al señor feudal. Siendo esta alianza la base de la justicia, del orden y de la paz de la estructura medieval, su ruptura implicaba la injusticia y el caos, es decir, el fin de la sociedad misma. A través de esta imagen, Anselmo trata de explicar el vínculo entre Dios y los hombres. El pecado no es otra cosa que el atentado contra la alianza original entre Dios y el ser humano. El pecado destruye así la paz entre el ser humano y Dios, del hombre consigo mismo y de los hombres entre sí.
El segundo lugar, la teoría de la satisfacción anselmiana, pone de manifiesto la incapacidad de los seres humanos en poder reparar sus propias faltas. De hecho, el pecado de los hombres no solo tiene una significación moral y personal, sino que también posee una dimensión social. Es decir, el pecado de los hombres y de toda la historia es, de cierta manera, el pecado “mío”, que ejerce una influencia malsana sobre “mí”, una influencia que puede ser transmitida incluso a través de las instituciones colectivas. De igual manera, el pecado personal es el pecado de todos, nuestro pecado personal tiene consecuencias en el presente y en el futuro, las cuales nosotros mismos no podemos prever. En fin, el pecado implica una suerte de solidaridad perversa que desborda infinitamente nuestras capacidades para reparar el mal que engendra. La historia está llena de ensayos de construcción de sociedades utópicas donde la justicia y la paz serían restauradas. Sin embargo, dichos ensayos nunca pueden escapar de la espiral de violencia y de injusticia en la que se ven envueltas las acciones humanas, aun de las acciones que son realizadas con las mejores intenciones. Ahora bien, en el caso hipotético que la humanidad llegase en el futuro a la construcción de una sociedad perfecta, ¿quién tiene poder para ofrecer justicia a todos aquellos que han muerto y sufrido en el pasado? Limitado en su propia temporalidad, no es el hombre, pues no tiene poder para establecer de manera definitiva y absoluta la justicia de todos los hombres. Para ello, el ser humano necesita la asistencia de alguien con poder sobre la creación entera, es decir, el hombre necesita la irrupción de Dios en la historia.
Es así entonces como la teoría de la satisfacción trata de resaltar, en tercer lugar, la solidaridad entre Cristo y el resto de los hombres. La entrada de Jesús en la historia marca un nuevo camino hacia la reconciliación universal del ser humano con Dios, consigo mismo y entre todos los individuos. La ofrenda total de la vida de Jesús, ofrenda que se manifiesta de manera eminente en su muerte en la cruz, tiene el poder de transformar la historia de los hombres sacándola de la espiral de muerte en la que se sumerge por sí sola. Como bien señala el cardenal Walter Kasper, la expresión “Cristo murió por nuestros pecados” adquiere así una triple significación. La primera es que Cristo murió a casusa de nosotros, es decir, su muerte es el resultado del pecado del que participa toda la humanidad. La segunda, que Cristo murió en favor de nosotros, su muerte marca el comienzo de nuestra liberación. La tercera, que Cristo murió en nuestro lugar, es decir, asume sobre él las consecuencias del pecado de los hombres, marcando un punto de inflexión en la historia. Cristo representa así a toda la humanidad. Vale aclarar que la idea de la satisfacción no equivale a la idea de sustitución, como si Cristo hubiese realizado todo el trabajo que nos toca realizar de nuestra parte. Si bien no nos podemos redimir por nosotros mismos, tampoco Dios no nos redime sin la colaboración de nosotros, una colaboración entendida al menos como una apertura al don mismo de Dios.
Entendida de esta manera, la expresión Jesús murió para la satisfacción de los pecados evita el riesgo de hacernos una idea falsa de Dios. El término satisfacción nos remite de esta manera a su origen etimológico, compuesto del adverbio satis (bastante, suficiente) y del verbo facere (realizar), indicándonos así que la muerte de Jesús tiene la capacidad de realizar, de recrear de manera suficiente y plena la justicia deseada por Dios.


