𝐄𝐋 𝐅𝐔𝐄𝐆𝐎
Esteban L. Aquino
Como he dicho antes, los símbolos son el corazón de la imaginación y el ser humano vive y se comunica a través de ellos. Aunque no lo desee, su propia capacidad imaginativa lo lleva a pensar de manera abstracta y así interactúa con este lenguaje. El simbolismo cristiano tiene su ejemplo más importante: Cristo. En esta ocasión me voy a referir a uno de los símbolos más enigmáticos del cristianismo, y de toda la humanidad: el fuego.
Desde la más remota antigüedad, el ser humano sintió gran afinidad por este conjunto de moléculas luminosas que conocemos como el elemento fuego, en el pensamiento occidental. Los beneficios que el hombre descubrió en él lo convirtieron en una fuente de adoración. Las culturas y religiones más antiguas lo tomaron como centro de su culto, que utilizaron como sustituto tangible del Sol.
El fuego ardía en los templos griegos, y los romanos siguiendo esta tradición, crearon un colegio de Vestales, que eran vírgenes consagradas sólo al cuidado del fuego de los templos, para que este nunca fuera extinguido. Fue a través del fuego que Dios habló a Moisés; fue con el fuego que Juan el Bautista identifica a Jesús; y fueron lenguas de fuego las que describen la venida del Espíritu Santo en el Día de Pentecostés sobre los Apóstoles de Cristo.
En el alfabeto hebreo, la letra Shin (equivalente a la Ch) tiene un valor numérico de 300 y simboliza el fuego. No es casualidad que palabras como shalom (paz), shabat (séptimo día), shesh (fuego), shekinah (Divina Presencia), Shadai (Dios Todopoderoso), shemá (escucha), kadosh (santo), shiflut (humildad), mashiaj (mesías o ungido), shemen (aceite), entre otras, tienen esta letra implícita. También es notable su valor espiritual.
Revisemos ahora algunos de los identificativos del fuego desde la óptica universal y religiosa, en particular dentro del cristianismo. El fuego simboliza tanto lo natural, como lo sobrenatural; está asociado a la inmortalidad; es fuente de iluminación; es purificador; forma parte de los ritos de consagración; es destructor de elementos impuros; está implícito en el proceso de cambio, de transformación; simboliza el juicio escatológico.
Podría citar muchos significados más, pero estos son suficientes y pudiéramos resumir en dos términos esenciales el simbolismo cristiano del fuego: el Espíritu Santo y la Palabra de Dios. He aquí la Trinidad Santa o esencia de Dios. Si hacemos una interpretación más amplia de estos dos “títulos”, nos encontramos con amor, bondad, misericordia, fuerza, energía, alimento espiritual, conocimiento, consuelo, paz, vida, poder divino, misión de la Iglesia.
Podría extenderme más en la trascendencia de este símbolo, pero quisiera terminar con una imagen que seguro servirá de referente. Se trata del Sagrado Corazón de Jesús. Al observar este emblemático ícono notarán que todas estas características son pocas para describirlo. Entonces les propongo que, cuando pensemos en fuego, contemplemos ese que emana del manso y humilde corazón de nuestro Jesús.


