𝐌𝐈𝐒𝐄𝐑𝐈𝐂𝐎𝐑𝐃𝐈𝐀 𝐐𝐔𝐈𝐄𝐑𝐎 𝐘 𝐍𝐎 𝐒𝐀𝐂𝐑𝐈𝐅𝐈𝐂𝐈𝐎𝐒
Por Aliuska Lazo
Pedro es un anciano de 85 años que vive solo y en condiciones inhumanas. Hace unos días, unas hermanas de la comunidad que lo atendemos con el apoyo de Cáritas fuimos a su casa para llevarle algo de alimentos. Después de unos minutos de tocar la puerta sin obtener respuesta, decidimos retirarnos. Sin embargo, preocupadas por su bienestar, regresamos al día siguiente. Al entrar, lo encontramos sentado en una butaca en medio de la sala. Para nuestra sorpresa, Pedro no respondía a nuestras palabras, no abría los ojos y su piel estaba fría. En ese instante sentimos que el Señor nos había enviado como sus instrumentos para salvar a este hermano.
Lo llevamos de inmediato al policlínico, donde fue diagnosticado con deshidratación. A los pocos minutos de recibir suero, abrió los ojos. Le dijimos con convicción: “Pedro, no dudes de que Cristo está contigo”.
El mundo necesita misericordia, nuestro país necesita misericordia, y Dios necesita que seamos instrumentos de su misericordia, tratándonos unos a otros con la misma compasión, paciencia, amor y perdón conque Él nos trata. Al ser bautizados, asumimos compromisos, y nuestra fe debe manifestarse en obras concretas cada día.
Todos estamos llamados a vivir la verdadera misericordia, a pensar en acciones concretas que nos lleven a ello. Cuando ayudamos a los demás desde Dios, hay un flujo de gracia que trasciende lo que estamos dando, pues es el mismo Dios quien se ofrece a través de esa obra de misericordia. No importa si la persona a la que ayudamos no expresa amor a Dios; esa persona está recibiendo muchas gracias, tantas, que no tienen límites.
Cristo nos sale al encuentro en cada hermano necesitado. A veces, nos cuesta reconocerlo; en otras ocasiones, buscamos excusas y justificaciones para no ayudar, juzgando a los demás por sus pecados sin recordar cuánto Dios nos ha perdonado. Seguimos de largo cuando deberíamos abrir los ojos y recordar siempre que nuestro prójimo es el más cercano a nosotros: el vecino sin familia, aquel que pernocta en una parada de autobús, el adicto al alcohol o las drogas que vemos tirado en la calle, o quien sufre por alguna situación específica y necesita palabras de aliento y esperanza.
Muchas veces no sabemos a quién estamos ayudando, ya sea espiritual o materialmente; lo importante es actuar con un corazón humilde, sencillo y desprendido, dispuesto a entregarse y hacerse uno con ese hermano que necesita del amor de Dios. Cuando actuamos con misericordia, también recibimos gracias, pues estamos haciendo la voluntad de Dios.
Siempre ten presente lo que significa la misericordia, según el Papa Francisco: “Es la vía que une a Dios y al hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados, no obstante el límite de nuestro pecado”.
(Misericordiae Vultus 2).
Al momento de publicar este texto, Pedro ya se encuentra en las manos del Señor. Recemos todos por su descanso eterno.


