𝐂𝐎𝐍𝐕𝐄𝐑𝐓𝐈𝐑 𝐋𝐎 𝐎𝐑𝐃𝐈𝐍𝐀𝐑𝐈𝐎 𝐄𝐍 𝐎𝐅𝐑𝐄𝐍𝐃𝐀
Por Yenia Matos Henríquez
Llego a casa, agotada, después de un día de trabajo. Suelto el bolso y lo primero que salta a mi vista es un gran bulto de ropa limpia. Recuerdo de inmediato la rutina: lavar, tender, recoger y finalmente guardar. Ese último paso es el peor de todos porque nunca logro completarlo. La ropa limpia pasa días amontonada en algún sillón de la casa. Es como una batalla perdida siempre que la hago. Esa pila de ropa sin guardar se convierte en un molesto recordatorio silencioso de las tareas pendientes.
Las mujeres muchas veces nos sentimos desanimadas porque las tareas hogareñas nunca acaban: son un ciclo que se repite una y otra vez. Me culpo cada día por pensar así y entonces comienzo a hacerme preguntas como: ¿por qué me quejo? Hay quienes ni siquiera tienen qué ponerse.
Podemos decidir entonces si esa pila de ropa es solo un recordatorio de lo aplazado o, si lo elegimos, una pequeña invitación. No se trata de perfección, sino simplemente de entrega. “Señor, esto que me agota, te lo doy. Te ofrezco mis manos cansadas que ahora guardan estas prendas y también este tedio que siento al repetir lo mismo otra vez”. Esto no quiere decir que desaparezca la fatiga por arte de magia, sino que puede dejar de ser un peso sin sentido y convertirse en algo que da. No se trata solo de sufrir y conformarse.
Recordemos que Jesús no pidió grandes hazañas a sus discípulos, sino el pan fraccionado, el agua compartida: los gestos cotidianos hechos con amor. ¿Qué hay más cotidiano que guardar la ropa? ¿Qué más humilde que barrer el piso por enésima vez? Él también puede bendecir esas tareas domésticas que tanto molestan. No hace falta fingir alegría, solo basta decir en voz baja: “lo hago por ti, aunque me cueste”.
Quizás el milagro está en que el corazón encuentre un porqué más allá del cansancio. Lo hago por mi familia, para que mi casa esté linda y ordenada, porque cuidar de nosotros es un deber sagrado. Puede haber muchas más razones y todas pueden ser las correctas. No por esto la carga será ligera, pero ya no la estaré llevando sola. Y así, cuando el desánimo vuelva (que lo hará), podré recordar que en Él nuestras cruces pesarán menos.
Al final, todos somos ejemplos para alguien más en esta vida y podemos legar esa paciencia y entrega aprendida. A su vez, ellos podrán continuar ese legado y verlo como un tiempo dado. Nosotros decidimos si serán minutos que podrían ser ira acumulada… o semillas de algo sagrado.


